Vamos a acompañar al Juan Sebastián de Elcano

Juan Sebastián de Elcano fondeado frente a Sangenjo el 12 de Julio de 2019 (foto enviada por Fernando Pazó)

Hoy 13 de julio de 2019 voy a hacer una cosa que hace mucho tiempo tenía ganas de hacer. Todo se remonta a una noche hace muchos años en la jamonería Mimbre de San Vicente do Mar. Entre copa y copa, surgían las conversaciones y los vaciles con Luis, el propietario de dicho local.

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Isla de Ons en diciembre

El pasado sábado un grupo de amigos, cumplimos con un viejo proyecto de esos que se hacen en un momento idílico. Se trataba de por una vez, llevar a cabo un plan sano; en lugar de quedar para tomar unas copas, una comilona o similar, ibamos a madrugar para “con la fresca” navegar hasta la Isla de Ons y bordearla por completo caminando. A mi, en un principio me pareció un plan estupendo, y como un niño pequeño ilusionado, durante toda la semana, me dediqué a seguir la previsión del tiempo para ver qué tal día tendríamos el sábado 7 de diciembre, fecha escogida para realizar la travesía y la caminata.
Se apuntaron, además de uno mismo 4 amigos, y quedamos en el Bar Lonxa de Portonovo a las 8:30 de la mañana. Hacía un frío espantoso, unos 2ºC, y el mar tenía un aspecto fantasmagórico debido a la diferencia de temperatura entre el ambiente y el agua de mar y la arena y el paseo de la Playa de Baltar estaban cubiertos de escarcha. En el mencionado bar desayunamos mientras tratábamos de esquivar a dos supervivientes de la noche que se resistían a volver a su casa con un licos café en la mano. Tras el desayuno subimos al barco y pusimos rumbo a Sanxenxo, donde nos prestarían una auxiliar para desembarcar en Ons.
La travesía fue tranquila, se fueron turnando en la caña los amiguetes mientras yo me metía en el camarote y me dedicaba a vaguear, cosa que no puedo hacer con demasiada frecuencia en el barco, así que tenía que aprovechar el momento. Al llegar a Ons desembarcamos a tres de los tripulantes en el muelle y fondeamos el barco en una de las boyas de Casa Checho y fuimos a tierra en la auxiliar. Para la próxima vez, habrá que tener en cuenta que estaría bien tener unas botas para desembarcar, ya que si no hubiese estado la marea baja, no hubiese podido saltar a una roca.
Tomamos algo en el bar de Casa Checho e iniciamos la caminata, no hacía nada de frío, de hecho, al salir el sol, y o haber viento, hasta en el barco durante la travesía sobraba la ropa de abrigo. Salimos desde el muelle hacia el sur, pasando por el campamento de la Xunta y el pino manso. Al poco tiempo tomábamos el primer descanso, justo en el Mirador de Fedorentos, en el extremo sur de la isla, donde teníamos una preciosa vista de la isla de Onza. Seguimos camino hacia el Buraco do Inferno desviándonos por un camino previo para ver los acantilados del mencionado Buraco, y al llegar al mismo nos sentamos a descansar y a comer junto al mismo.
Tras la comida, seguimos el camino, bordeando la Ensenada de Caniveliñas y bajando por alguna pista más para poder ver las hermosas vistas de los acantilados de la parte oeste de la isla y en uno de los casos recoger agua de una de las varias fuentes de agua que hay en Ons, no en vano el término Ons está relacionado con el fluir del agua, y de ello hay muestras por toda Galicia, como Fonte de Ons en Sanxenxo u Ons en Brión, pero no nos desviemos del tema.

Seguimos nuestra caminata y finalmente llegamos a la bifurcación donde podíamos ir hacia Punta Centolo o hacia la playa de Melide, y tomamos el camino de Punta Centolo, un camino más o menos recto, pero con unas buenas rampas, al final de las cuales pudimos disfrutar de una impresionante panorámica, sin duda, al menos para mi, la mejor de la isla. Desde la bocana de la ría de Pontevedra hasta la de la ría de Arosa, toda la costa este de la isla, la ensenada de La Lanzada… Hicimos en Punta Centolo un descanso para reponer fuerzas con las sobras de la comida y tras ellas empezamos el camino de vuelta hacia el sur, pasando por la Playa de Melide y el eucapliptal adyacente donde antaño se instalaban los hippies. Finalmente, llegamos de nuevo a casa Checho donde tomamos un refresco antes de iniciar la travesía de vuelta hacia el continente, travesía durante la cual aprovechamos para tomarnos unas merecidas cervezas, así como una buena merienda mientras disfrutábamos de la puesta de sol. Llegamos a puerto ya con noche cerrada aunque sin incidentes, exceptuando uno con el cabo con el que remolcábamos la auxiliar, aunque de eso no voy a hablar por un motivo que no viene al caso.
En resumen, un día para no olvidar, con ganas de repetirlo algún día y de extenderlo a otras islas del parque de las Islas Atlánticas: Cíes, Sálvora, Cortegada, pero siempre fuera de temporada, porque la sensación de ser los únicos seres vivos en la isla fue increíble.

Primera noche a bordo con la familia

Una de las cosas que siempre tuve clara desde que compré el barco es que me gustaría poder hacer alguna travesía con la familia, pero como en todo lo relacionado con el barco y mis hijas, que tienen 6 y 4 años, quería ser muy cauto, pues no las quiero asustar. Era necesario por lo tanto que el tiempo acompañara mucho, incluso, sacrificando yo la navegación a vela en pos del motor, cuanto menos oleaje y mar mejor para esa primera noche. Además debía garantizar unos mínimos de comodidad para la familia, sacos de dormir para todos, alimentos calientes en comida, desayuno y cena, un mínimo de higiene y la posibilidad de desembarcar en tierra en el caso de que esa primera noche fuese en un fondeo.
El tema del tiempo era cuestión de paciencia, bueno, tampoco tanto, pues nada más empezar el verano vino un fin de semana de esos en los que podrías hace esquí acuatico desde Rande a Villagarcía sin dar un solo salto debido a alguna ola. Así que ya teníamos fecha, sólo quedaba preparar todo lo demás.
El lector habitual de este blog habrá observado que he estado todo el invierno preparando el barco para hacerlo más habitable: cambio de las bombillas a bombillas led para reducir el consumo, reparación y sellado del depósito de agua, cambio de las cochonetas interiores, etc. Aún así quedaban cosas por hacer. Compré unos sacos de dormir para mi mujer y mis hijas, los de las peques de Princesas Disney como no podía ser de otra manera, un par de termos para alimentos sólidos y otro para líquidos. Renové esponja del fregadero del barco, unas almohadas para la noche, y todo tipo de alimentos y golosinas. Por último, a través de un conocido, me hice con una auxiliar. Ya estaba todo, sólo había que embarcar.
La verdad es que todo el material que hubo que llevar a bordo implicó varios carritos de supermercado circulando por el pantalán y casi una hora poniendo al Peregrina a son de mar. Tras eso largamos amarras y salimos por la bocana del puerto de Portonovo rumbo Sangenjo que era donde debíamos recoger la auxiliar, cosa que nos hizo perder más de una hora entre pitos y flautas y tiró por tierra el objetivo inicial de la travesía, que era llegar al Club Náutico de Rodeira en Cangas do Morrazo, así que, aprovechando que el mar estaba más tranquilo aún de lo esperado, pusimos rumbo a la playa de Arneles, al fondo del todo de la Ría de Aldán.
Ya que no habia absolutamente nada de viento, la travesía fue a motor, y además larga, pues el arrastrar a la auxiliar nos frenaba mucho, y por lo que pude comprobar además, el incremento en el consumo de combustible. Llegamos a la playa de Arneles alrededor de las 20:00 horas, por lo que aún contábamos con bastante luz para bajar a la playa y dar un paseo. La elección del lugar de fondeo no fue fácil, pues había unos 40 barcos fondeados allí, menuda sorpresa al ver tanta embarcación, como era de esperar, nuestro cascarón era el peor de todos. Tras el fondeo y recoger todo, bajamos a tierra con la auxiliar y tomamos algo de merienda en un quiosco de lo más enxebre, tras eso volvimos para el barco cuando ya anochecía.

A las peques les encantó que montara la mesa del camarote y que cenáramos en ella uno de los distintos alimentos que había preparado antes de salir de casa y que había transportado en una de las fiambreras para sólidos. Tras eso, se lavaron los dientes y se metieron en sus sacos de dormir de princesas a ver una película de dibujos en el iPad de la almiranta. Mientras, la susodicha y yo, nos sentamos fuera, a la luz de la luna a tomar un copazo antes de acostarnos.
La noche fue tranquila, a la almiranta le costó un huevo dormirse ya que no estaba cómoda del todo con su saco de dormir, al final se lo cambié por el mío, y las niñas durmieron como lirones toda la noche, y yo desperté en varias ocasiones, ocasiones que usaba para salir a cubierta para comprobar las marcaciones que tomé en el momento del fondeo. La verdad es que excusaba de hacerlo pues el mar estaba como un plato y no corría una brisa.
Amanecimos muy temprano, a las 7 de la mañana, y es que si alguno de mis lectores no lo sabe, en un barco se rige uno mucho más por el sol que en tierra. Desayunamos en la bañera del barco un buen desayuno y tras eso nos fuimos a pasar el día a la playa. La verdad es que las peques se levantaron como motos y encantadas de haber dormido en “su camita del barco, en su habitación de delante con una ventana en el techo”. Pasamos un increíble día de playa, comimos en el chiringuito del día anterior y a media tarde iniciamos el viaje de regreso durante el cual tanto las niñas como la almiranta se pusieron a dormir dejándome a mi sólo ante el peligro.

La única pega que le pondría a toda la “aventura” sería el hecho de tener que ir a Sangenjo a coger y devolver la auxiliar, sobretodo a la vuelta, pues delante del puerto Juan Carlos I de Sangenjo había una regata de traineras y que hubo que evitar, aunque yo lo disfruté algo, pues a medida que nos acercábamos se incrementaba el viento.

Las conclusiones que he sacado son muchas, sobretodo porque siempre ves cosas que podrás mejorar para futuras travesías, pero podemos resumirlas en dos: Tengo que comprar una auxiliar, y tengo que comprar un barco más grande.